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George Meyer

Artículo de David Owen para The New Yorker publicado originalmente en el año 2000.

Traducido al español por Guille Martínez-Vela en 2006.

 

Hace algunos años Entertainment Weekly realizó una efusiva reseña de la serie de televisión Los Simpson. El autor de la reseña, Ken Tucker, destacó un episodio en particular como «una obra maestra derrochante de pequeños detalles que, juntos, conforman una visión del mundo». Dicho episodio fue escrito por Jon Vitti, quien entonces era uno de los más talentosos y prolíficos guionistas de la serie. «El artículo citaba cinco chistes del episodio» me contó Vitti más tarde. «Era algo muy halagador, excepto por el hecho de que yo no había escrito ninguno de esos cinco chistes». A decir verdad, todo lo que Tucker citó del episodio era obra de un colega de Vitti llamado George Meyer. «Este tipo de cosas les suceden constantemente a todos los guionistas de la serie», dijo Vitti. «Se emite un episodio en el que tú estás acreditado como guionista y al día siguiente la gente te viene y te dice lo genial que fue. Entonces te mencionarán su par de frases favoritas y ambas serán de George».

Meyer empezó a escribir en Los Simpson en 1989, unos cuantos meses antes del estreno del primer capítulo en la cadena Fox. En los créditos de años recientes aparece como uno de los varios productores ejecutivos, pero no existe ningún cargo que pueda describir adecuadamente su rol. Ha dado forma a la serie tan a fondo que ahora mismo se podría decir que la sensibilidad cómica de Los Simpson es principalmente suya. Mike Scully, quien comparte el cargo de Meyer y trabaja en el programa como show runner o editor en jefe, me habló de Meyer no hace mucho tiempo en su despacho en la Fox. «George es el mejor guionista cómico de Hollywood», me dijo. «Cuando empecé a trabajar aquí hace siete años me dejó de pasta de boniato. Yo había hecho un montón de trabajo en sitcoms antes, pero el rollo de George era tan diferente y tan original que dudé de que mis capacidades estuviesen a la altura». En otras sitcoms, explicaba Scully, el diálogo es muy previsible y los mismos tipos de planteamientos llevan a los mismos tipos de chistes. «Los guionistas de esos programas llegan a un punto en que prácticamente pueden escribir guiones mientras duermen», dijo. «George cambió completamente mi enfoque y como resultado ahora soy mucho mejor guionista. La gente siempre se pregunta por qué Los Simpson siguen siendo tan buenos después de tantos años en antena y aun a riesgo de cabrear al resto de guionistas, creo que debo decir que la razón principal es probablemente George.»

Los Simpson van por su undécima temporada. El pasado verano en la playa escuché cómo mi hija adolescente y algunos de sus amigos comentaban sus frases favoritas de sus episodios favoritos, algunos de los cuales fueron emitidos cuando ellos apenas estaban aprendiendo a andar. Una longevidad así es algo raro en televisión, especialmente en el caso de una sitcom. Incluso más inusual es la amplitud de público que sigue el programa. Mi mujer y yo vemos Los Simpson de forma tan ávida como nuestros hijos y lo hemos hecho durante años; es el único programa de televisión que vemos todos juntos, el único alrededor del cual planeamos comidas y el único durante cuya emisión no leemos ni hablamos. Desde sus inicios la serie ha tenido un gran y leal número de seguidores hispanos (cuyo ardor explica un semicríptico mensaje sobreimpresionado en pantalla al comienzo de cada episodio: «SAP Transmitido en Español»). Los estudiantes universitarios siguen votándola con regularidad como la mejor serie de televisión. La revista Time recientemente se refirió a ella como la mejor serie de televisión del siglo veinte.

La gente que rechaza Los Simpson (o que prohíbe a sus hijos que la vean) suele hacerlo irreflexivamente, sin haber visto jamás la serie. Suponen que el programa carece de gusto, es inmaduro y profano como, digamos, South Park, una serie de dibujos cuyo principal reclamo es que sus personajes dicen tacos. Aparte de ser dibujos animados, South Park no comparte prácticamente nada con Los Simpson, que creo que no solo es el programa más divertido de la televisión sino que además también es el más culto. En palabras del poeta Robert Pinsky, fan de la serie, «Los Simpson penetran en la naturaleza de la televisión en sí misma». La observación de Pinsky apunta hacia el principal motivo que explica la fortaleza de la serie: Los Simpson pertenecen a sus guionistas.

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Sala de guionistas
Guionistas de Los Simpson en pleno almuerzo. Sí, ese que sostiene la lata de refresco es Conan O'Brien.

Debido a que la animación es un proceso muy trabajoso y muy costoso en cuanto a tiempo, ultimar la parte visual de cada episodio de Los Simpson requiere casi un año. Meyer y sus colegas aprovechan esa larga gestación para añadir y borrar chistes, insertar escenas, alargar o acortar pausas de fracciones de segundo y pedir relecturas de frases a los actores de voz de la serie (quienes, como no aparecen por pantalla, tienden a ser mucho más tratables que las estrellas de Hollywood).

Un cuidado así crea una densidad textural que hace que cada episodio parezca durar mucho más de media hora. Esto también da pie a innumerables detallitos para los espectadores atentos, como por ejemplo un salón de belleza local llamado "el Perm Bank", la palabra «yoink» (acuñada por Meyer) que los personajes balbucean cuando mangan algo y un mensaje de bienvenida colocado en la iglesia de Springfield después de un huracán: «Dios da la bienvenida a sus víctimas». Los guiones contienen alusiones a libros, películas y otros programas de televisión y están sembrados de encantadoras referencias crípticas, como el hecho de que Montgomery Burns, el desalmado dueño de la central nuclear local, emplee un saludo telefónico promocionado sin éxito por Alexander Graham Bell: «Ahoy - ahoy».

La mayor parte del trabajo creativo en Los Simpson tiene lugar en dos salas de conferencias de la Fox, que son conjuntamente conocidas como «la sala de reescritura» o simplemente «la sala». Ahí es donde se idean las historias, se desarrollan y se pulen; y es donde Meyer, según sus colegas, es el maestro. Los ejecutivos de la serie le consideran tan valioso en la sala de reescritura que suele estar exento de obligaciones de edición. Como compensación, dedica casi todos los días de la semana a reformar y pulir el trabajo de sus colaboradores. El pasado verano acompañé un día a Meyer a la Fox y presencié una larga sesión de reescritura, durante la cual él y media docena de colegas se dedicaron a devanarse los sesos para pulir la primera versión de un futuro episodio. La mayoría de chistes e ideas proferidas por los guionistas de la mesa no provocaron reacción alguna (reírse por compromiso está considerado contraproducente). La atmósfera, más que la de un club de comedia, era la de una clase de instituto en la que ninguno de los alumnos ha leído el texto que tocaba para hoy, cosa que prueba que la audiencia más dura para un cómico es una sala llena de otros cómicos. Me senté en una silla alejada de la mesa y observé un fenómeno sobre el que Mike Reiss, un guionista veterano de la serie, me había alertado: los guionistas de Los Simpson, después de proponer algunas frases, miran involuntariamente a Meyer buscando su aprobación (Ian Maxtone-Graham, otro guionista, declaró recientemente a un reportero: «Preferiría hacer reír a George Meyer antes que ganar un Emmy»).

Los chistes que inspiraron risas aquel día fueron sobre todo de Meyer. Recordé una historia que Mike Scully me había contado anteriormente sobre la risotada más intensa que había oído en la sala de reescritura. El incidente ocurrió algunos días antes, un día en el que el equipo estaba trabajando en una subtrama en la que Homer en una subasta de la policía compra un deportivo macarra cuyo anterior propietario era Smake, el criminal local. Snake quiere recuperar su coche, así que se escapa de la cárcel e idea un plan tipo Coyote: tiende un alambre de lado a lado de la carretera con la esperanza de decapitar a Homer cuando pase por allí. El alambre no alcanza a Homer, pero su coche es seguido de cerca por otro.

«El conductor del segundo coche sostiene un sandwich en un ángulo ridículo por encima de su cabeza y dice "Le dije a aquel idiota que partiese por la mitad mi sandwich"», explicó Scully. «A eso íbamos con el chiste. Pero entonces George dijo: "¿Y si el alambre le corta la mano de cuajo?". Eso hizo que la gente de la sala estallase en carcajadas tan bestias que acabaron tosiendo, se estaban ahogando de risa por aquel chiste inesperado. Fue una risa producto del shock, una de esas risas que empiezan a crecer y que se hacen más grandes a medida que reverberan a través de ti». Jon Vitti me contó en una ocasión que las risas producidas por los mejores chistes de Meyer tienen un sonido único, producido con la boca completamente abierta, debido a que la gente se siente sorprendida a la vez que rie: «Es como aquello que dicen sobre los jugadores de béisbol, que puedes identificar a un bateador por el sonido de su bate golpeando a la pelota».

En un grupo de doce o más personas, todas ellas muy divertidas y competentes, dijo Vitti, sería muy inusual para cualquier guionista dar con dos chistes seguidos que acaben apareciendo en el guión final. Pues en una sesión de reescritura de Los Simpson Meyer propinó de golpe seis chistes consecutivos, una gesta notable incluso para él. Cuando el equipo volcó su atención en la siguiente línea de diálogo problemática, uno de los guionistas empezó a hablar. Mike Reiss, que cordinaba la sesión, alzó su mano y dijo: «Sh-h-h. George está pensando.»

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guion Los Simpson
Ejemplar físico del guión de George Meyer «Bart contra el día de Acción de Gracias» (1990).

Meyer tiene 43 años. Luce una barba desaliñada y pelo liso tirando a rubio que le cuelga casi hasta sus hombros. Su pelo se le suele despeinar tapándole los ojos, y cuando eso sucede suele reclinarse hacia delante sobre su cintura y a continuación se pone erguido de golpe para acompañar su pelo hacia atrás. Usa gafas con montura de alambre y tiene manos grandes y pies grandes. Le gustan los sombreros, entre sus favoritos está un sombrero de ala ancha hecho de tela blanca que usa para protegerse la cara del sol y una gorra de béisbol con el logo del anuncio del combate entre Mike Tyson y Evander Holyfield, una pelea que tuvo que ser cancelada cuando Tyson fue acusado de violación. Durante varios años llevó una serpenteante muñequera que compró en uno de los setenta u ochenta conciertos de los Grateful Dead a los que asistió durante los cinco últimos años de vida de Jerry Garcia. Practica yoga y es vegetariano estricto. Su estatura supera por unas cuantas pulgadas los seis pies de altura (N. del T.: metro ochenta y pico centímetros) y parece más alto porque su postura siempre es muy recta, esté de pie o sentado. Camina tan rápido que la gente suele tener que ir al trote para seguir su ritmo. Tiene una risa infecciosa, entrecortada, que a veces resulta un poco maníaca.

Conozco a Meyer desde hace casi 25 años. Nos conocimos en Hardvard, donde éramos compañeros de clase y miembros del equipo de redacción del Lampoon, la revista de humor de la universidad. Era por un orden de magnitud la persona más divertida que he conocido jamás. Recuerdo una tira de dos viñetas que dibujó una noche cuando éramos veteranos. Meyer no es un artista gráfico, el dibujo (garabateado en una hoja de papel de libreta) podría haber sido dibujado por un estudiante demente de 3º de Primaria. Sin embargo, el chiste me causó una gran impresión. En la primera viñeta un tío chillaba «¡Gilipollas!» mientras le rebanaba la cabeza a otro tío con un hacha. En la segunda viñeta un policía se llevava al asesino, mientras este mascullaba «Por qué tengo que ser tan bocazas».

La violencia de aquella tira se contradice con la amabilidad personal de Meyer y su casi tierna empatía hacia los demás. El escritor Jack Handey, con quien Meyer compartió despacho en una ocasión, dice "Es casi como si George creyese que le traería mal karma decir algo malo sobre otra persona". Una de las hermanas de Meyer dice que en una ocasión George estuvo a punto de llorar de pena después de divisar una tienda de artículos para zurdos, un negocio que le pareció condenado al fracaso y más tarde eso acabó inspirando el Leftorium, la empresa propiedad de Ned Flanders, vecino de los Simpson.

Meyer también es modesto sobre su talento y sobre sus logros en su carrera. Maria Semple, guionista de televisión que vivió con él desde principios de los noventa hasta su ruptura el año pasado, me contó: «En nuestra primera cita George me llevó a la feria estatal. Era su cumpleaños, cosa que no me dijo en ningún momento y aquella noche optaba a un Emmy, cosa que tampoco me dijo en ningún momento. No paraba de mirar su reloj, yo creía que le estaba aburriendo, pero luego cuando estábamos en el coche me dijo "Tengo que encontrar un sitio en el que poder cambiarme y ponerme esto" y en el asiento de atrás había un smoking.» Los Simpson se llevaron un Emmy aquella noche, pero Semple se tuvo que enterar al día siguiente leyendo la prensa.

Al igual que un chocante número de gente relativamente joven de Hollywood, Meyer ha ganado tanto dinero que continuar trabajando se ha convertido en algo esencialmente opcional para él. Aun así, su única adquisición importante hasta la fecha es una casita estucada de color gris situada a escasa distancia de las casas de Marlon Brando y Jack Nicholson al Norte de Beverly Hills en las montañas de Santa Monica. Desde su terreno, un pequeño altiplano compacto y bordeado con arbustos bien cuidados, puedes ver hacia el Norte el Valle de San Fernando y hacia abajo una interpretación de Versailles hecha de estucado y arcilla propiedad de Vanna White. En la pendiente casi vertical entre la casa de White y la de Meyer hay un viñedo (el equivalente moderno en Hollywood del huerto) que también pertenece a White.

La casa de Meyer está decorada de forma bella pero no ostentosa. Entre sus reclamos principales destacan varios artículos de su extensa colección de objetos pertenecientes a la carrera espacial, un interés que descubrió hace algunos años a través de su colega John Swartzwelder (autor de la frase favorita de Meyer de Los Simpson, una borrachera en la que Homer llama al alcohol «la causa -y el remedio- de todos los problemas de la vida»). La colección incluye una carta firmada por Barbara Morgan, la suplente de Christa McAuliffe en el vuelo maldito del Challenger, siete mecheros pertenecientes al astronauta Dick Gordon, un cuchillo diseñado para cortar el paracaídas de una cápsula espacial que una vez perteneció al astronauta Gordon Cooper y un lanzador de bengalas que supuestamente formaba parte del kit de supervivencia que llevaba Buzz Aldrin en Corea. En un baño cercano a la puerta principal hay un pequeño altar dedicado sin ironía a Jerry Garcia, quien fue durante años la cosa más cercana a una figura espiritual en la vida de Meyer. En el comedor hay un equipo de televisión en el que mira poca cosa excepto partidos profesionales de fútbol americano y documentales («Puedo ver un documental sobre cualquier cosa», me contó. «Podría mirar lo que graba la cámara de seguridad de una tienda. Me encanta la realidad.»)

El interés de Meyer en el fútbol americano profesional es estrictamente pragmático: al contrario que la mayoría de vegetarianos estrictos, practicantes de yoga y coleccionistas de memorabilia espacial, es un estudioso y entusiasta de las apuestas. Pasó muchas horas en el canódromo cuando íbamos a la universidad y durante un periodo en el que vivió en Nueva York a principios de los ochenta su único rasgo distintivo en el vestir fue un traje de tres piezas que vestía los días en los que había un combate de pesos pesados. Conoce bien el vuelo corto de Los Angeles a Las Vegas.

Aparcado delante de la fachada de la casa de Meyer hay un Honda Civic, que encargó sin aire acondicionado, ya que cree que el aire acondicionado es un exceso que denota irresponsabilidad ambiental. El coche es demasiado estrecho para contener a dos hombres talludos de forma cómoda, así que cuando le visito en Los Angeles -como he hecho varias veces en los últimos años- solemos tomar mi coche de alquiler cuando vamos a cualquier lado. Cuando vamos por la ciudad es típico que le vaya preguntando a cada milla si seguimos yendo en la dirección correcta, puesto que no conozco el lugar y la mente de Meyer suele divagar. En una ocasión, algunos años atrás, un pensamiento le preocupó de repente: en algún lugar del área metropolitana en aquellos momentos Dean Martin seguramente se estaba despertando o estaba tomándose el desayuno.

Los paneles y letreros publicitarios le sacan de sus casillas. Odia la publicidad, según él es una fuerza de destrucción global («La odio porque de forma irresponsable induce a la gente a sentirse descontenta solo para conseguir un objetivo puntual y luego deja los desechos de todo ese proceso ahí fuera, en la cultura. Un publicista estará muy contento de hacerte sentir mal contigo mismo si eso te induce a comprar, pongamos, un boli Bic»). Esta antipatía ha convertido a Meyer en un conocedor del márketing descarado; está especialmente interesado en ejemplos de anuncios en los que el cociente palabra/falsedad se acerca a 1. Una vez me enseñó una revista en la que aparecía un anuncio de un sucedáneo de mantequilla llamado Country Crock (N. del T.: «Vasija del campo»). «No está hecho en el campo; no hay ninguna vasija", me dijo. «Dos palabras, dos mentiras».       

Un día, en el coche, mientras nos saltábamos otra salida, me dijo: «Me encanta preguntarle a la gente cuál es su producto favorito.»

Como no se me ocurría inmediatamente cuál era el mío, le pregunté por el suyo.

«Mmm, vaya", dijo, y miró por la ventana y se rió, «Supongo que no lo sé.» Se paró a pensar un rato. «Compré una herramienta que debiera ser mi producto favorito, porque está muy elegantemente diseñada. Son unos alicates, es un cuchillo, es un destornillador. Me encanta. Pero nunca lo uso.» Miró por la ventana de nuevo. «Lo más guay en lo que dejarse algunos billetes debe de ser el LSD, supongo», dijo. «¿No crees? Porque cuesta, por decir una cifra, cinco pavos y a cambio se te va la olla e incluso puede que acabes tirándote por una ventana. ¿Te imaginas? Te puede cambiar la vida y te puede marginar de la sociedad. Eso es mucho.»

Meyer creció en Arizona, es el mayor de ocho hermanos en una familia católica de ascendencia mayoritariamente alemana. Sus padres todavía viven en Tucson (su madre es comercial inmobiliaria y su padre ha trabajado en una gran variedad de empleos, la mayoría en el ámbito inmobiliario o en asesorías). «Éramos tantos que no hacíamos demasiadas actividades familiares», me contó. «Normalmente cada uno hacía sus propios planes. Algunas veces habíamos ido todos juntos a SeaWorld o algún sitio por el estilo, pero mi familia era tan numerosa que éramos difíciles de movilizar. Se entiende que lo militar esté controlado por gente que está constantemente chillando y gritando. Parece una estrategia ineficiente, pero se consigue que las cosas se hagan, de algún modo». Sus padres eran exigentes y la relación con su padre solía ser turbulenta. Una de sus hermanas me había contado: «Mis padres tenían la costumbre de decir exactamente quién de entre nosotros tenía la culpa de todos los problemas familiares, así literalmente. El causante iba cambiando según la semana, pero solía ser George.»

La vida en familias numerosas está repleta de retos logísticos (la madre de Meyer solía colocar tarjetas con citas para el dentista en los calcetines de Navidad de sus hijos). La gente que crece junto a muchos hermanos tiende a querer para sí mismo una familia grande o bien ningún tipo de familia; Meyer y sus hermanos, el más joven de los cuales tiene ahora 31 años, hasta ahora han producido solo tres matrimonios y dos hijos. Meyer le contó una vez a un amigo que no creía en el matrimonio y que nunca tendría hijos porque él ya había ayudado a criar a siete de ellos. Cuando mi mujer y yo nos casamos, poco después de acabar la universidad, respondió a nuestra invitación de boda con una nota breve: «Espero que funcione».

De pequeño Meyer no solo batalló con sus responsabilidades familiares, sino también con las creencias religiosas de sus padres. «Me sentía como si fuese un niño feliz», me explicó, «pero sentía que me tocaba soportar un montón de lastres que no eran míos, como por ejemplo las frustraciones de señoras viejas uniformadas de monja. La gente suele decir que criarse como católico es horroroso y es verdad. La cuestión principal es que no había sentido de la medida. Si mascaba chicle en clase, la monja me decía "Jesús está muy enfadado contigo por eso" y a sus espaldas, en la pared, estaba un tío moribundo y sangrante pinchado en una cruz. Es una imagen terrorífica para un niño pequeño. Al final acababas pensando que, por ejemplo, hablar mientras formabas fila estaba muy relacionado con matar a Jesús. No estabas seguro y nunca había una voz moderadora. Una vez me mandaron al despacho del director y cuando llegué mis padres estaban allí sentados. Habían sido invocados de algún modo. Dios, eso asusta. Me hubiese disgustado mucho, aunque no me hubiese sorprendido particularmente, que me dijesen: "Esta vez has ido demasiado lejos. Ahora debes morir." Yo ahí hubiese pensado: "Oh, joder, vale, he ido demasiado lejos". No hubiese pensado: "¡No, no, esto no puede estar sucediendo!" No había sentido de la proporción. Es por esto que una de mis formas preferidas de humor negro es la crueldad informal expresada por burócratas y médicos, como: "Aquí está la vara que le vamos a poner en su columna vertebral."»

Meyer se tragó un montón de televisión en sus años mozos. Su infancia coincidió con un periodo en el que la tele todavía no era tan antigua como para haberse convertido en algo considerado unánimemente dañino para el bienestar mental de los jóvenes que la ingerían en grandes dosis, así que sus recuerdos sobre la tele de los años cincuenta y sesenta son precisos.

«Simplemente me lo tragaba todo», me dijo, «y siempre con la misma expresión facial inactiva. Veía tanto la tele y desde una edad tan temprana que, de hecho, no entendía para qué servía la tele. Le cuento esto a la gente y se creen que lo digo en broma, pero no me daba cuenta de que supuestamente El show de Dick Van Dyke era gracioso, yo creía que simplemente lo veías y ya está. La gente decía cosas, iban para arriba y para abajo y tú esperabas hasta que veías al chaval con el que ya te habías quedado, te gustaba ver a Richie. Mis hermanos y yo raramente reíamos con algo de lo que veíamos por la tele. La mirábamos más para aprender cómo era el mundo y cómo interactuaban los adultos, qué era una fiesta de cóctel, qué era una discoteca, qué se hacía en un crucero marítimo; aunque me gustaban los programas en los que el chiste consistía en alguien siendo disparado o cayéndose por una ventana. Cuando eres niño te gusta ver adultos desempeñando sus labores porque esperas que algún día te unirás a ellos en anarquía y caos.»

A Meyer también le gustaba The Wild, Wild West, El Superagente 86 y otros programas con muchos gadgets. «Yo creía que todas esas cosas existían", dijo, «y que los adultos simplemente las habían escondido bajo llave en algún sitio. Creía que en cuestión de tiempo yo tendría acceso a mi propio zapatófono y no podía entender por qué la gente tenía caravanas cuando había magníficos batmóviles ahí fuera esperando ser conducidos.» Se pasó la mayor parte de su infancia anhelando todos esos gadgets y también los juguetes que veía en los anuncios y se espabiló para encontrar medios con los que adquirir al menos unos cuantos de estos. Vendió globos de helio en una feria de rodeo, pintó los números de las fachadas de las casas de los vecinos (evitó direcciones que contuviesen el numero 8, puesto que no disponía de la plantilla de este número) y pagó a sus hermanos y hermanas veinte dólares a cada uno por hacer cola durante horas para comprar entradas para un concierto de los Rolling Stones que luego revendió. En una ocasión, cuando se puso envidioso de un amigo que tenía un pulidor de piedras, desistió en pedirle a sus padres que le comprasen uno y decidió fabricárselo él mismo. «Estudié la tecnología», me contó, «y entonces me vino una idea. Cogí un jarrón de vidrio y lo llené con algunas piedras que quería pulir, luego añadí algo de arena y agua, y luego lo fijé con cinta adhesiva al tapacubos del coche de mi padre. Pensé: Iremos hasta la iglesia y cuando volvamos las rocas ya estarán pulidas, pero el inventó se cayó antes de que saliésemos de nuestra calle.»

Los padres de Meyer tenían grandes expectativas para todos sus hijos. Su madre solía decir: «No somos triunfadores, somos supertriunfadores (un término que Meyer usó después en un sketch para el Saturday Night Live)». Él y sus hermanos fueron presionados para triunfar pero apenas disfrutaron de una verdadera sensación de logro personal, debido a que sus triunfos ya se les suponían; un dilema que una de sus hermanas me describió como «una lose-lose situation». Meyer se convirtió en un adolescente modélico: todo dieces en sus notas, miembro del club de debate de su instituto, editor del periódico de los estudiantes, eagle scout y monaguillo.

La influencia más importante de su desarrollo moral e intelectual fue la revista Mad. Meyer acompañaba a su madre por la tarde en sus viajes al colmado y se quedaba frente al revistero leyendo el último número mientras su madre hacía la compra. En el viaje de vuelta a casa en coche, leía unas cuantas líneas cada vez que pasaban por debajo de alguna farola (Una de las posesiones de Meyer más preciadas a día de hoy es un ejemplar de Mad en la que aparece dibujado él mismo en una historieta de dos páginas titulada «A Mad Peek Behind the Scenes at The Simpsons Studio"). Recuerda que le impactó especialmente una parodia de Daniel el Travieso. Me dijo, Era una viñeta en la que aparecía Daniel entrando en su casa mientras sostenía un cráneo en una mano y al pie de la viñeta ponía algo así como "Mamá, mira lo que he encontrado en la cabeza del Sr. Wilson". Eso me mató por completo. Al día siguiente me dolían los músculos del estómago de tanto reír. Me sentía como si unos abusones me hubiesen dado una tunda.»

Meyer aún admira esa viñeta porque dice que le llevó a una revelación significativa sobre el humor. «Va un paso más allá y para mí la mejor comedia siempre va un paso más allá», explica. «Daniel el Travieso podría haber dicho "Mamá, he matado al Sr.Wilson y aquí está su cabeza" y la Sra. Mitchell podría haber dicho "Oh, Daniel" o algo por el estilo, y todavía me hubiese parecido bastante gracioso, porque parte de aquel humor para mí era simplemente que un niño se hubiese cargado a un adulto. Pero, Dios mío, qué gran chiste. Michael O'Donoghue (más tarde guionista del National Lampoon y del Saturday Night Live) solía decir que el humor tiene que asombrar y estoy de acuerdo en eso. Tiene que reencuadrar la realidad de una forma que resulte emocionante. Es como ver en dos dimensiones y entonces abrir el otro ojo o mirar a través de una View-Master y de repente ver en tres dimensiones.»

El humor para Meyer se convirtió en la clave para la supervivencia emocional. Su hermana Ann (que está casada con Jon Vitti) una vez me dijo: «La gente a veces me pregunta por qué en mi familia todos los hermanos hemos desarrollado tanto el sentido del humor y supongo que era eso o morir. La elección era muy limitada. Para George fue una tarea muy dura ser el mayor de un grupo de ocho y el hecho de que fuese increíblemente inteligente se lo puso todavía más difícil. El resto de hermanos le teníamos un poco de miedo porque era más mayor, pero cuidó de nosotros y le admirábamos, nos hizo reír muchísimo. No le gustaba el programa All in the Family en parte porque era capaz de predecir los chistes a la legua.

» En un episodio Archie está tentado de tener un affair con una camarera, entonces Edith encuentra un trozo de papel con el teléfono de la camarera escrito y le pregunta con su voz temblorosa: "Archie, ¿de quién es este número de teléfono?". Solíamos repetir esa frase y George nos hacía tronchar clavando la imitación de Jean Stapleton. Un año, en la cena de Acción de Gracias, mi madre nos hizo escribir a cada uno en un papelito a qué le dábamos gracias y tres de nosotros, de forma completamente independiente, escribimos "Archie, ¿de quién es este número de teléfono?". Mi madre estaba desesperada porque era la que leía en voz alta los papelitos. Mientras tanto, nosotros nos reíamos tanto que se nos saltaban las lágrimas.»

A mitad de su segundo año en Harvard, Meyer se ganó un puesto en el equipo de redacción del Lampoon y por primera vez en su vida se vio rodeado de gente que veía el mundo de forma semejante a la suya. La revista se encuentra en un edificio en forma de cuña cerca de la Plaza de Harvard llamado The Castle, que ha servido durante más de noventa años como una especie de logia masónica para graciosillos de la clase. Dentro de The Castle Meyer se sintió verdaderamente en casa.

«No creo que a la mayoría de la gente le guste reír tanto como a mí», dice hoy. «A la mayoría de la gente le gusta reír, sí, pero no está en posiciones demasiado altas en su lista de preferencias, está como en el n.º 8 o así. En el Lampoon la gente se tomaba el humor muy en serio. No había nada más importante en la Tierra que reírse y hacer reír a otros. Eso cambió mi vida. El Lampoon fue la única voz contestataria en toda la universidad, excepto tal vez la Spartacist Youth League (N. del T.: Asociación internacionalista comunista).» Fue elegido presidente del Lampoon a mediados de su tercer año.

Fuera del Lampoon Meyer se sentía desgraciado en Harvard. Distraído por el atractivo de The Castle, sus notas eran buenas pero no ejemplares y padecía un miedo persistente a estar echándose a perder. Inmediatamente después de convertirse en presidente del Lampoon, un grupo de tipos serios del equipo trataron de derrocarlo en una batalla interna amarga e injuriosa. Meyer no solo sobrevivió a ese golpe, sino que además se hizo muy amigo de su principal rival, Steven Crist (su amistad se forjó en trayectos en autobuses Greyhound; Crist es hoy en día editor del Daily Racing Form). Estuvo a punto de ser suspendido de su cargo en un par de ocasiones, una por no entregar una nevera que le había vendido a un estudiante de primer curso y otra por cargarse la ventana de un dormitorio con una guitarra electrica. Solía estar deprimido, en ocasiones de forma muy profunda. «Llegué a un punto», recuerda él, «en el que quité todas las sábanas de mi cama y puse luces de Navidad azules alrededor de mi colchón y me puse a dormir encima del mismo colchón. Lo hice en parte como una broma y en parte no. Tenía algo que ver con una pista de aterrizaje de OVNIs o algo así. Y mantuve durante un rato el termostato de mi habitación a exactamente 100 grados (N. del T.: 100 grados Farenheit -supongo-, equivalentes a unos 40 grados Celsius). Sinceramente, no sé en qué estaba pensando. Recuerdo haber visto carteles anunciando los servicios de asesoría psicológica de la universidad y pensar "¿Quién demonios está tan chalado como para ir allí y hablar con esa gente?" Y la verdad es que yo debería de haberme pasado la mayor parte del día allí.»

Este interludio oscuro en la vida de Meyer continuó después de que se graduase en 1978. Solicitó entrar en la escuela de Medicina y fue aceptado, pero nunca se matriculó. Pasó un periodo breve en su casa en Tucson, juntó mil quinientos dólares y se mudó a Denver, donde se propuso emplear métodos «científicos» para hacer fortuna en las carreras de galgos. Alquiló una habitación barata en un motel y se pasó los días estudiando estadísticas en la biblioteca pública de Denver. A pesar de su diligente investigación, perdió toda su pasta al cabo de dos semanas y no tuvo otra elección más que admitir la derrota y mudarse de nuevo con sus padres. Entonces trató de ganarse la vida como profesor sustituto, investigador en un laboratorio médico, vendedor en una tienda de ropa y concursante de televisión (ganó algo más de dos mil dólares en Jeopardy -el cheque más cuantioso que había visto hasta la fecha, dos años después de acabar la universidad-. Ideó un plan para cinco días de concurso, en los que progresivamente se iría haciendo molesto adrede. Eliminado tras el primer día de concurso, no pudo llevar a cabo más que la primera fase de su plan: usar incesantemente el nombre de pila del presentador del programa, Art Fleming).

La vida de Meyer como adulto no empezó a cuajarse hasta 1981, cuando recibió una llamada del despacho de un cómico entonces poco conocido llamado David Letterman. A Letterman le iban a dar próximamente un late-night en la NBC en la franja a continuación del Tonight Show y se preguntaba si Meyer podría considerar mudarse a Nueva York y trabajar para él como uno de sus guionistas. Meyer había sido recomendado por otros dos guionistas, Tom Gammill y Max Pross, compañero del Lampoon que le describió ante Letterman como «el hombre más gracioso de América» (Gammill y Pross más tarde escribieron para Seinfeld, entre otros programas, ahora ambos escriben a tiempo parcial para Los Simpson). Meyer envió muestras de su trabajo seleccionadas de entre todo lo que había escrito durante la universidad y a Letterman le encantó. «Todo lo que me envió, hasta el más pequeño detalle, estaba tan bellamente pulido», me dijo Letterman. «No he vuelto a encontrarme con alguien así desde entonces». En la primera temporada, Meyer ideó un número que fue el progenitor de muchas rutinas subsiguientes de Letterman: aplastar cosas con una apisonadora (entre los artículos aplastados figuraba una sandía y un «nutritivo desayuno»). También escribió secciones en las que Letterman probaba una variedad de extraños gadgets que eran presentados como productos comerciales novedosos pero en realidad habían sido ideados por Meyer. Entre estos gadgets se halla una centrifugadora de pizzas para quitar ingredientes no deseados y Loción-en-un-Cajón.

Meyer dejó a Letterman después de dos años para incorporarse al equipo de The New Show, ideado como programa sucesor del Saturday Night Live y presentado por Lorne Michaels (allí escribió uno de mis sketches de televisión favoritos para John Candy: «el reparador de comida»). The New Show fue cancelado después de dos meses y medio de su estreno; Meyer se pasó primero a Not necessarily the news y luego a Saturday Night Live. Ninguna de estas experiencias le resultó plenamente satisfactoria. Le gustaba escribir para la televisión pero no experimentaba el mismo sentido de pertenencia que en el Lampoon. «Mis cosas no eran demasiado populares en Saturday Night», me comentó recientemente. «Las veían como algo realmente marginal y a menudo mis sketches no se acababan emitiendo. A veces se decidía que no se emitirían después del ensayo general y tenía que vivir la horrorosa experiencia de ver cómo un pintor retocaba cuidadosamente mi decorado y lo dejaba listo para que lo hiciesen trizas y lo enviasen a un vertedero de Brooklyn. Yo no casaba bien con el programa, aunque me di cuenta de ello algo tarde.» Lo dejó en 1987, después de dos años.

Llegado a este punto, Meyer estaba harto de la televisión y de Nueva York. Se mudó a Boulder, Colorado, más o menos por antojo y alquiló un piso. Mientras vivía allí escribió el guión de una película para Letterman. El proyecto acabó siendo rechazado por Letterman y su estudio, pero el guión de Meyer todavía está considerabo una obra maestra por el reducido grupo de personas que lo ha leído. Hay una copia del guión en la sala de reescritura de Los Simpson, donde durante varios años los otros guionistas del programa la consultaban cuando no les salía ningún chiste.

Paralelamente, Meyer publicó un fanzine de humor poco convencional llamado Army Man, cuyo subtítulo era «La revista única de América». En parte Meyer creó Army Man para evitar tener que trabajar en el guión de Letterman, pero de algún modo ha quedado patente que fue el proyecto creativo que más le llenó de todos los que había emprendido hasta el momento. Army Man era el extremo opuesto al abanico de entretenimiento ofrecido por cualquier cadena de televisión. El primer número (llegó hasta el tercero) contenía ocho páginas escritas a máquina, la mayoría del contenido era obra de Meyer, que imprimió doscientas copias y las repartió entre sus amigos.

A pesar de su apariencia modesta, Army Man suscitó una sorprendentemente amplia y leal acogida. Salió en la Hot List de la revista Rolling Stone en 1989 y durante años circuló por campus de universidades. «La única regla es que las cosas tenían que ser graciosas y bastante cortas», me contó Meyer. «Para mí la quintaesencia de Army Man es uno de los chistes de John Swartzwelder: "Son capaces de matar a los Kennedy. ¿Por qué no son capaces de preparar una taza de café que sepa bien?" Es una idea terrorífica yuxtapuesta con algo muy banal, y aun así hay algo de lógica en el conjunto. Es ilustrativo porque se aproxima al modo en el que los americanos ven las cosas: la vida es un revoltijo de confusión, pero de algún modo te lleva a algo que puedes consumir. Me encanta eso.» (Meyer es la única persona que conozco capaz de analizar un chiste sin destrozarlo.)

Army Man acabó muriendo de éxito. A Meyer le saturó recibir muchísimo material no solicitado para el fanzine, ya que detestaba rechazar colaboraciones hechas por amigos. También contactaron con él inversores que querían editar Army Man a escala nacional o convertirlo en un programa de televisión. Entonces se dio cuenta de que lo que para él eran las mejores cualidades del fanzine -su tamaño reducido y su simplicidad- estaban condenadas.

De repente se encontró con mucho menos tiempo disponible. Uno de los mayores fans de Army Man era Sam Simon, que es uno de los tres productores ejecutivos originales de Los Simpson. Dicho programa se estaba empezando a gestar cuando se publicó el primer número de Army Man y Simon, que necesitaba montar un equipo de guionistas rápidamente, quedó cautivado. Contactó con Meyer y le contrató, así como también a varios de los colaboradores del fanzine, incluyendo a Swartzwelder y a Jon Vitti. «Sam consiguió a buena parte de su equipo a partir de la lista de créditos de Army Man», me dijo uno de los anteriores productores del programa. «De algún modo ese fanzine fue el padre de la serie.»

Los Simpson de hecho empezaron en 1987, un año antes del primer número de Army Man, en formato de cortos de un par de minutos para el programa The Tracey Ullman Show. Su creador fue el dibujante Matt Groening, que modeló a los personajes originales basándose en su propia familia. No obstante, probablemente Los Simpson de hoy comparten más material genético con Army Man que con estos cortos o incluso más que con los primeros episodios emitidos en la Fox.

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George y Lisa
George y Lisa.

Los personajes de la serie son la clave de su atractivo. Ahora los hay a cientos y los mejores se han ido volviendo más reales y más complejos que la mayoría de personajes de series con actores reales. Como se trata de dibujos, los personajes pueden evolucionar y crecer mientras su aspecto se mantiene congelado en el tiempo. Homer todavía tiene los mismos cuatro pelos en su cabeza, pero a lo largo de los años el personaje ha pasado de ser un malhumorado padre autoritario a convertirse en un bobo soñador, seguramente una de las creaciones televisivas cómicas más memorables y originales. Lisa se ha vuelto aún más sabia y precoz: «No creo que los cheques de verdad tengan signos de exclamación», le dice a Homer, que cree que una promoción de lotería que ha recibido por correo realmente vale un millón de dólares. Lisa ha desarrollado una vida interior que se acerca a la de Meyer más que ningún otro personaje del programa. «Marge no ha cambiado mucho», dice Meyer, «El problema con Marge es que no puedes ponerla a hacer chifladuras estúpidas porque la gente pensaría que estamos denigrando a las mujeres en general, pero tampoco puede ser una superwoman perfecta porque tiene que ser más o menos plausible que ame a un marido como el suyo y aburra a sus hijos. Es algo bastante trágico.»

Lo más importante de todo es que Bart nunca ha tenido que convertirse en un siniestro adolescente (si hubiese sido interpretado por un actor ante las cámaras, Bart hoy en día estaría en edad de ir a la universidad). «El reto con Bart», dice Meyer, «es idear centenares -literalmente- de gamberradas que pueda llevar a cabo y que resulten interesantes pero no destructivas o fáciles de imitar. Por ejemplo, en un episodio Bart está sentado en el suelo del comedor cantando Jingle Bells y dándole a sobres de mostaza con un martillo. Adoro este tipo de cosas. Lleva el ritmo, pensando: "Qué bien, tengo más sobres para chafar con el martillo". Lo único que le preocupa es cuántos sobres le quedan. Lo que me gusta de Bart es que aunque se ponga la dentadura postiza de su abuelo o muerda el ventilador del techo y dé vueltas, no es cruel ni obsceno.» El personaje de Bart se reafirma en cada episodio.

Mientras visitábamos los pozos de brea de La Brea, donde Meyer me mostró su pieza de museo favorita (una urna de vidrio dentro de la cual hay diversos cráneos fósiles de lobo prehistórico alineados sobre un fondo naranja iluminado) mientras nos tomábamos un café. Le pregunté a Meyer qué opinaba sobre las comedias televisivas modernas.

«En la mayoría de series de hoy», me contó, «casi todos los personajes son estereotipos o simplemente poseen un solo rasgo característico y poco más. Hay series en las que los siete personajes hablan exactamente como guionistas de comedia. Todos los personajes parecen estar soltando bromas constantemente y, concretamente, bromas para herir a otra gente. Mi antigua novia, Maria, dijo en una ocasión que si a ella en la vida real le soltasen una frase de las que los personajes de sitcom se dicen rutinariamente entre ellos, seguramente rompería a llorar y saldría corriendo de la habitación.

» Cuando tú y yo éramos niños, las comedias televisivas corrientes iban de una bruja, un marciano, un fuerte fronterizo, o un prisionero de guerra nazi cómico. Así era la corriente general en cuanto a comedias. Ahora la comedia corriente trata de un grupete de gente que sale por ahí en un escenario urbano genérico y tienen conversaciones y se buscan las cosquillas entre ellos. Recuerdo haber visto en los sesenta un episodio del Superagente 86 en el que unos indios malhumorados estaban apuntando hacia Washington una flecha de sesenta pies (N. del T.: Unos 20 metros) y Max soltaba algo así como: "Es la segunda flecha más grande que he visto en mi vida" y yo pensé, qué bien, las series van a seguir siendo cada vez más alocadas. Nunca soñé que las comedias televisivas iban a volverse tan monótonas, que lo único que hay es gente en comedores humillando a los demás.»

Le pregunté por qué las comedias televisivas habían cambiado. «Uno de los motivos principales», me contó, «es la tiranía del público presente en las grabaciones, que creo que se ha cargado la comedia televisiva en general. Leave it to Beaver, al contrario que la mayoría de sitcoms de hoy en día, no se grababa ante público. Si ese programa estuviese en producción a día de hoy y Beaver hiciese algún tipo de observación dulce y amable sobre su colección de minerales o alguna otra cosa por el estilo, esa frase no conseguiría hacer reír al público durante el ensayo y sería suprimida. Con público en las grabaciones siempre acabas tirando de frases con final afilado para que el público pueda identificar que son chistes. El público detesta tener que adivinar si algo es gracioso o no y me parece que es porque a la gente le angustia reírse cuando no toca, es algo parecido al miedo a hablar en público. Es por esto que las mayores estrellas de la comedia suelen ser gente tipo Robin Williams o Jim Carrey, porque con ellos el público nunca tiene que adivinar cuándo están tratando de ser graciosos. Es el mismo fenómeno que ver un gag en el tráiler de una peli. Muchas veces el mejor gag de una peli sale en el tráiler, de tal modo que antes de ir a ver la peli puedes haberlo visto ya unas seis veces. Entonces vas a ver la peli en cuestión y piensas: "Oh, no, aquí llega el gag que salía en el trailer, supongo que nadie se va a reír porque todos lo tenemos visto". Mentira. Ese gag se lleva la mayor carcajada del público, como una explosión nuclear.»

Dada esta inseguridad, los creadores de Los Simpson tomaron un riesgo extraordinario: decidieron no añadir risas de fondo. En la mayoría de sitcoms el diálogo se interrumpe repetidas veces por crescendos de carcajadas reverberantes (o directamente por risas enlatadas), creando el inverosímil frena-y-sigue propio de tantas conversaciones de sitcom, en las que la reacción inicial de un personaje ante una observación ostensiblemente humorística solo puede ser sonreír forzadamente o mirar hacia los lados mientras las risotadas se apagan. En Los Simpson a una frase graciosa le puede seguir inmediatamente otra frase graciosa, de tal modo que el humor queda sutilmente expresado por capas. En un episodio escrito por Meyer titulado «Homer el hereje» (en el que Homer se salta el ir a la iglesia una mañana y pasa el mejor día de su vida según él) el reverendo Lovejoy describe la religión de Apu Nahasapeemapetilon, tendero del badulaque local, como «indefinida". Apu le responde indignado: «¡Hindú! Hay setecientos millones de nosotros en el mundo.» Lovejoy le sonríe condescendiente y le dice «Tanto peor», un chiste rápido que hubiese sido demasiado delicado como para ser oído por encima de repiques de risas añadidas. El éxito de Los Simpson dio valentía suficiente a otros productores para dar el salto sin red; hoy algunas de las mejores comedias de la tele, entre ellas King of the Hill y Malcolm, también carecen de risas de fondo.

Uno de los motivos por los que Los Simpson han sido capaces de mantener un elevado nivel de sofisticación en su humor y a la vez resultar atractivo a una audiencia masiva podría ser que el formato de la serie está considerado inherentemente gracioso: son dibujos animados. El hecho de que sea animación resulta conciliador. «El personaje de Homer nunca habría podido ser representado por un actor de carne y hueso porque sus acciones hubiesen resultado demasiado horrorosas y demasiada gente hubiese protestado», dice Meyer. «La gente todavía ve a los personajes de la televisión como modelos de comportamiento o como a sus amiguitos de la tele, pero no suelen tener esas expectativas hacia los personajes de dibujos animados. Las mujeres se solían identificar con personajes interpretados por Mary Tyler Moore, por ejemplo, pero no encuentras a mucha gente que diga: "Yo lo que realmente quiero es ser como Bugs Bunny". Eso te da algo de libertad.»

«Además, creo que podemos tocar más temas en Los Simpson porque el planteamiento es muy tradicional. Los Simpson son una familia nuclear intacta, cosa que hoy en día ya no se suele ver en series de televisión. Homer trabaja de nueve a cinco, Marge se queda en casa y ambos tienen un niño, una niña y un bebé y viven en en la prototípica casa de clase media, aunque parezca que una familia de estas características no podría permitirse una casa así. Sus finanzas son pasadas por alto en la serie. De todos modos, creo que fue una elección inteligente no variar el planteamiento básico de la serie, tan tradicional, y así poder desarrollar las historias en tono raro y estrambótico. De no ser así a la gente le estallaría la cabeza viendo la serie.»

Meyer provocó consternación en Los Simpson cuando en 1995 anunció que no iba a renovar su contrato al final de aquella temporada, la sexta de la serie. Se sentía quemado por el calendario de guionización, que al contrario que en la mayoría de programas de televisión, no incluía vacaciones de verano («Nunca hay descanso para nadie», me contó John Swartzwelder). Meyer quería probar algo que le pareciese menos explotante y más estimulante a nivel intelectual. Habló varias veces sobre escribir una película, retomar Army Man, escribir una obra de teatro o trabajar en un programa piloto presentado por él mismo.         

Meyer también estaba sufriendo profundas presiones personales y emocionales. A principios de los noventa se sometió a un programa de psicoterapia bastante intensivo y cuenta que la experiencia cambió su vida, aunque no está seguro de cómo. «La psicoterapia es un proceso muy misterioso y creo que poco comprendido», dice él. «No creo que trate fundamentalmente sobre cambiar tu patrón de conducta o tu percepción de lo que pasa. Creo que consiste en volver a cablear tu cerebro y no sé si alguien sabe cómo funciona. Pasé por un periodo muy difícil en el que me encontraba realmente deprimido y entonces de alguna manera lo acabé superando. Quizás simplemente la psicoterapia dejó de tener utilidad para mí.»

Un momento clave ocurrió en la Fox un día en el que Matt Groening invitó a Meyer a comer con él y con el artista Robert Crumb, cuya obra Meyer adora. Crumb siempre lleva consigo un cuaderno de esbozos y dejó que Meyer lo hojease. «Cuando se lo devolví," dice Meyer, «le agradecí que me hubiese dejado ver sus cosas y él dijo, con expresión avergonzada: "Mi vida es un libro abierto". Por algún motivo esa afirmación fue como un gatillo en mi mente.» Meyer se pasó una sesión entera con su psiquiatra deshaciéndose en atroces sollozos cada vez que intentaba decir esa frase. Una sesión que él considera el punto decisivo en su terapia. «Hasta aquel momento, supongo, mi vida no había sido un libro abierto y no había tenido la valentía de arriesgarme a ser yo mismo ni a mostrarme a mí mismo ahí fuera de forma inédita. Fue una experiencia muy poderosa. Ahora ya no puedo sollozar de aquella manera, ni siquiera como numerito para animar las fiestas.»

Los colegas de Meyer en Los Simpson se hubiesen preocupado mucho más por el hecho de que dejase la serie si de verdad hubiesen creído que iba a aguantar fuera mucho tiempo. Como varios habían predicho, volvió casi inmediatamente, primero como consejero y después otra vez como miembro del equipo a tiempo completo. «No me siento avergonzado de mí mismo por haber vuelto», dice. «Maria siempre me dijo que no me tomase mi púlpito en Los Simpson a la ligera, que no lo despreciase ni banalizase y ella tenía razón, porque probablemente nunca estaré asociado a nada que llegue a tanta gente, incluso si trabajo duro durante el resto de mi vida.»

Eso no quiere decir necesariamente que su intención sea quedarse en Los Simpson. Durante estos años ha lanzado ideas para nuevas comedias televisivas. De momento ninguno de estos intentos ha prosperado, pero él no se rinde y trabaja ahora en una nueva propuesta consistente en un show de media hora llamado Bang!. «Lo describo como "una acribillada de comedia"», dice. «Es una especie de Laugh-In animado pero más a flashes y con un ritmo más rápido.» Meyer cree que se trata de un descendiente directo de Army Man. Si su presentación tiene éxito, dejará Los Simpson para trabajar en Bang! a tiempo completo (debido a los plazos requeridos para la animación, el primer episodio no aparecería hasta dentro de un par de años). El posible nuevo proyecto de Meyer ha creado ansiedad en Los Simpson. Mike Scully me dijo que no podía imaginarse tirar adelante el programa sin Meyer en la sala de reescritura. Aun así, Scully dice que no entiende cómo puede ser que ninguna cadena de televisión le haya dado a Meyer un buen montón de dinero y le haya propuesto crear lo que le dé la gana. «Las cadenas de televisión se arriesgan siempre a lo loco con programas malísimos», dice. «¿Por qué en vez de eso no se arriesgan con alguien realmente bueno?»

Este punto también es complicado para Meyer. Le encanta la sala de reescritura, pero está atormentado. Algunos años atrás me dijo: «Lo malo de trabajar en la tele es que siempre te estás preguntando si eres un simple picateclas. Con razón. Escribir para Los Simpson es divertido, pero en algunos aspectos es algo demasiado fácil. Es más un oficio mecánico. Creo que me ha llegado el momento de hacer algo que me llene más personalmente. Empiezo a pensar, "¿Cuántos años de ser divertido me quedan?"»     

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